Los hollines de las llares

LOS HOLLINES DE LAS LLARES

Nadie le llamaba Dámaso porque las tildes sobraban. Imperaba, como en toda Castilla, el lenguaje práctico y seco de ‘los tos y las nas’, y el dialecto del habla local de la galbana, la besana, el portillo y la pertilera. Del apingarre cuando las sábanas te achorchan.
Del ‘valaquile’ cuando lo que señalas está muy cerca y del ‘velahí’ para denominar lo injustificable o incomprensible. Las cosas de los pueblos… ‘Velahí’.
Sobraban acentos y todo aquello que sobrecargaba las palabras una vez que el mensaje que expresaban se había hecho inteligible al interlocutor. Además, la esdrújula sonaba más distante. Como si imprimiera al sustantivo una coraza menos franqueable.
Por eso todos le llamaban Damaso. Sin acentos ni esdrújulas. Con ausencia de sílabas tónicas muy enfatizadas. Nombre propio de una gramática y onomástica llana y humilde. Como sus gentes.
Dámaso Pérez Dávila, reza en los escritos.
Era mi bisabuelo, padre de mi abuela materna. ‘‘Tomasa La Molinera’’ o ‘‘La del Tejar’’. Gentes tan llanas y humildes como su testamentaria fechada el 21 de noviembre de 1954. Cuya descripción de bienes relictos arrojan el siguiente resultado:
1. Metálico: NO EXISTE
2. Un carro valorado en 250 pesetas.
3. Un trillo valorado en 50 pesetas. 4. Una sartén valorada en 10 pesetas.
5. Un arca vieja valorada en 10 pesetas
6. Un banquillo valorado en 5 pesetas.
7. Un banco con respaldo valorado en 15 pesetas.
8. Una garlopa de carpintero valorada en 10 pesetas.
9. Un arca viejo valorado en 10 pesetas.
10. Una banquetilla valorada en 10 pesetas.
11. Una ‘zuela’ de mano valorada en 5 pesetas.
12. Una cama vieja valorada en 20 pesetas.
13. Una cuartilla de medir grano valorada en 5 pesetas.
14. Una sartén grande valorada en 15 pesetas.
15. Una romana vieja valorada en 15 pesetas.
16. Un escaño valorado en 20 pesetas.
17. Una romana vieja valorada en 5 pesetas.
18. Dos pares de pantalones valorados en 30 pesetas.
19. Dos chaquetas valoradas en 30 pesetas.
20. Dos camisas valoradas en 12 pesetas.
21. Dos camisetas valoradas en 12 pesetas.
22. Dos calzoncillos valorados en 12 pesetas.
23. Un par de botas valorado en 18 pesetas.
24. BIENES SEMOVIENTES:
Un asno valorado en 150 pesetas,
LO QUE SUPONE UN TOTAL DE BIENES RELICTOS MUEBLES Y SEMOVIENTES CUYA SUMA DE VALORES ASCIENDE A 722 PESETAS (4’34 euros).
No olvidemos las equivalencias de conversión (1 euro =166,386 pesetas).

Inmuebles rústicos…

Inmuebles urbanos…

Repasando con detalle los relictos no puedo evitar detenerme frente al primer punto: “Valor metálico: NO EXISTE «. Nadie en los pueblos disponía de dinero físico. Por eso se recurría a los trueques. Disfrutaron de otras manifestaciones de riqueza pese a subsistir en el umbral de la miseria. En una escasez constante y austeridad abdoluta. La asfixia y angustia que los atenazaba cada día se acuñaba con el sello de las cartillas de racionamiento.
Los bienes de esta testamentaria fueron repartidos en hijuelas justas y equitativas entre todos los herederos legítimos.
Las briznas que nos han llegado de aquella hijuela son el fruto de la inversión de los que nos han precedido en la sucesión del linaje .
El ser humano es la única especie sobre la faz de la tierra que planta árboles cuya sombra nunca disfrutará, construye puentes para que los crucen sus hijos y los hijos de sus hijos, y fabrica edificaciones y casas que cada generación irá convirtiendo en hogares.
Hipotecamos una juventud pasajera y una vida efímera pensando en una vejez incierta. Los padres de nuestros abuelos encontraron una Navaluenga absolutamente deforestada por un sobrepastoreo insostenible y una demanda de combustible vegetal en los hogares muy superior a la posibilidad de explotación de los bosques. Inviernos extremadamente fríos en unas sierras desnudas de leña.
Con nuestros abuelos comenzaron los planes de reforestación.
Padres y abuelos convivieron con la constante lucha por preservar las repoblaciones. Día y noche la infancia hipotecada para guardar los tallares. Por el temor a las multas, los daños del ganado a las repoblaciones siempre costaban un dinero que no se tenía.
Se cuidaban los ganados del lobo y se cuidaban las sierras del ganado.
Las vacas pasaban los tallares con la cautela del furtivo que no pisa lo prohibido pero lo roza. Entre todos transformaron la miseria y la soledad de las sierras desnudas en el paraíso que nosotros hemos disfrutado. Porque ellos, todos, nos lo legaron en la testamentaria más valiosa. Que no tiene escrituras de herencia ni hijuelas de propiedad ni dictámenes de otorgamiento. Fueron los réditos de una inversión que a todos les costó el esfuerzo ,el sudor y el sacrificio de toda una vida.
Generaciones de tiempos duros y difíciles. De rezos y plegarias cantadas en voz alta. De quejas ahogadas y llantos ‘padentro’. De maldiciones y blasfemias murmurando entre susurros.
Voces silenciadas en las mismas bocas de las que asomaban oraciones y Ave Marías obligadas. Pero apenas entraba el pan ni el unto del puchero. Todos católicos pero no siempre por voluntad. Por la Gracia de Dios .
Labios que cantaron en misas más por miedo que por fé. Como los perros que guardaban los chozos y los rebaños más por hambre que que por fidelidad y cariño. Donde no alcanzaba la Iglesia llegaban los poderes fácticos.
Guardias que repartían hostias como panes. Con la generosidad de quien quiere callar el hambre.
Tuvimos la fortuna de nacer y crecer en el paraíso. Y no necesitamos a Adán y a Eva para destruir el Edén. «Nietos de ricos abuelos de pobres», sentencia sabiamente el refranero.
No supimos administrar nuestra fortuna y hemos perdido el patrimonio heredado por exceso de confianza, comodidad y desidia.
El monte no se nos ha quemado este verano. Este verano lo hemos visto arder.
Pero llevaba años quemándose. Muchos años.
Con cada manantial que se seca el monte se quema. Con cada venero que se pierde el monte se quema. Con cada «aparato de curar» que se enjuaga en las gargantas el monte se quema. Con cada calleja y cada paso escotero que cae en el abandono el monte se quema y con cada trocha que se olvida el monte se quema. Con cada ‘prao’ que no se ‘guaña’, con cada huerto que ya no se siembra y con cada pinar con tangencia de copas continua y un excesivo índice de espesura en la densidad del sotobosque, el monte se quema. Con cada anciano que muere en los pueblos, con el rostro surcado por la erosión del tiempo y de la vida. Con el rictus de cuero viejo acartonado. Con cada una de esas pérdidas, con la mirada de piedra y el alma de encina vieja, el monte se quema .

El monte se abrasa cuando lo idealizamos desde la comodidad del sofá del salón mientras lo vemos en las pantallas del Iphone en vídeos de YouTube y los reels de Instagram.
El monte se achicharra y queda devastado bajo el silencio de la lejanía, cuando pese a vivir en el pueblo, estamos desconectados del campo.
Y qué bonito y elocuente el discurso exprimido hasta la última gota, de las bondades de la ganadería tradicional en extensivo y esa sentencia de «los fuegos se apagan en invierno » y «hay que limpiar los montes «…
Los montes necesitan cuidados selvícolas y gestión forestal, claro que sí.
Pero no son jardines. Que nadie se equivoque. Ni son los jardines de palacio, ni parques públicos de columpio y papelera, ni campos de golf segaditos e impolutos, ni las praderas de césped de las piscinas naturales. Todo eso son animales domésticos.

El monte no tiene doma y en ese rasgo de su carácter reside su encanto. No es necesaria la bolsita de recoger las caquitas de los ciervos como los perritos en los parques.

Lo que algunos llaman malezas y basura, es ecosistema con un valor biológico difícilmente cuantificable. No todo son pastos y no todo son fuscas y malezas.

La clave son los cortafuegos. Concepto amplio y diverso. Pero cortafuegos. Naturales de especies nobles y bosques de galería. Ayudados con caminos limpios y despejados, sí. Pero barreras cortafuegos de índole diversa y variada. Paréntesis que rompan la continuidad de las masas forestales y el combustible.

Un extenso pinar denso y con robles en el interior se queman los pinos y se queman los robles. Un robledal con pinos salpicados en su interior ni se queman los robles ni se queman los pinos. Ese es el matiz que a menudo marca la diferencia.

Hablamos de la España vaciada pero visitamos los pueblos en veranito y algún puente y fines de semana alternos.

Predicamos las calles de adoquines y la lumbre baja a la antigua usanza para no perder ese aire romántico y bucólico de quienes miran el campo desde la ventana. Pero en casa cocinamos con la vitro y la inducción porque la leña es muy romantica pero calienta el lomo demasiadas veces. Qué rico el puchero en los morillos, pero usamos la olla rápida… Se nos llena la boca con las historias que nos contaban de pequeños al amor de la lumbre, sí, pero todos nos acomodamos en el sillón con el portátil o el móvil.
Añoramos los carros, los burros, los entrañables pastores de morral y garrota (pero que ni molesten los perros en el campo ni que incomode el olor del ganado). La bici y el senderismo para movernos, pero vivimos con calefacción central, suelo radiante, carreteras asfaltadas ,fibra y WiFi y llegamos montados en el monovolumen o el todo terreno.

Y nadie se empadrona en los pueblos de esa España vaciada y maltrecha porque sería sacrificar los privilegios de la urbe.
Que nadie se engañe.
Con la despoblación rural y este panorama, el monte también se quema.
Somos la generación que ha cambiado varias veces de mundo. Hemos pasado del tortazo y el tirón de orejas en la escuela al parte en el centro educativo y en casa al cuarto de pensar.
Vivimos el servicio militar y la objecion de conciencia. Hemos pasado de «ir a nidos » y comernos los pajaritos fritos a llorar por la mirla huérfana y hacerles fotitos. Hemos evolucionado del mundo analógico al mundo digital. Podemos chatear con los parientes que tuvieron que emigrar y viven en Lousane. Podemos hacer vídeo llamadas a Dubai y hacer diseños y resolver ecuaciones con la inteligencia artificial… Pero seguimos siendo incapaces de apagar un incendio forestal. Y, sobre todo, seguimos siendo incapaces de evitarlo. Seguimos siendo incapaces de cuidar y defender nuestro Patrimonio Natural. Algo que nuestros abuelos y los padres de nuestros abuelos supieron hacer con matrícula de honor aún sin saber nada de cuentas y no haber aprendido a leer ni escribir.
Nos lo legaron para que otros cogiéramos el testigo.
A la vida hemos venido a perderlo todo. Y ese propósito nosotros lo hemos bordado porque tenemos mucho monte en paliativos.
La rabia, la impotencia y el enfado tras el fuego, es energía inerte de un motor que revoluciona en punto muerto y acelera en vacío. Ruido inútil, inservible e intrascendente.
Desde la más remota infancia fui siempre tremendamente intuitivo .»Barruntaba » las cosas como me decían los viejos.
Aquella mañana me asusté. Aquello me sobrecogió. Sentí en mis carnes el azote de un escalofrío que me recorría el cuerpo como un latigazo desde la nuca hasta los zancajos. Como si me hubiera caído un rayo. Un hormigueo incómodo y desagradable que parecía estar vivo. Había dos erizos en el arroyo al lado de casa bufando y «guarreando” como hablan las zorras cuando sus ladridos gruñen como un guarrillo y retorciéndose entre el pasto. Estaban visiblemente alterados y mojados pese a la ausencia de charcos. Pensé que habrian estado haciendo el ungimiento.
No fue un erizo.No fue algo casual. Fueron dos. Lo sabían. Los erizos lo barruntaban. Al verlos, me desgarró una punzada que me sacudió por dentro. Supe que algo iba a pasar.
Cuando se sienten amenazados ante estímulos desconocidos despiertan sus alertas. Estos animales embadurnan todas sus púas con unas toxinas que segregan junto a su su saliva.
Se la ungen con esmero en cada rincón de sus defensas. Por eso lo llaman ungimiento. Es una reacción biológica ante una amenaza desconocida.
Para entender qué estaba pasando había que traspasar la piel y mirar por dentro. En lo hondo de las tripas de la Sierra.
Hurgando en lo profundo, donde reposa la esencia y regüetra el tempero. Allí. Donde descansan los lamentos y se esconden los miedos. Donde duermen los secretos y flotan los silencios. Allí se preñan los sueños y el esbozo de los insomnios. Allí se esconden los susurros de la respiración pausada durante la brumacion de los terrores.
Desde el preciso instante que lo vi entrar por la cuerdas hacia Maja Marta lo recocí. Y desde el primer momento que lo tuve de frente, supe que habíamos perdido .
Bastaba mirarlo a la cara y oler su aliento para saber que el monstruo ya nos había vencido. Un aliento que olía a azufre, a desolación y a muerte. Como los aires que escapan de las puertas del Averno.
Si existe infierno seguro que debe oler así. A contraportada. A punto y aparte y a final absoluto, rotundo e innegociable.

Una bestia que ya conocía desde hacía unos pocos años y que ya entonces devastó las laderas del Risquillo Hambriento y la Cuerda del Tesorillo en la Balsaína.
Pero entonces era apenas un cachorro de dragón de Mema.
Ahora la bestia superaba los terrores más perversos de las peores pesadillas.
El Apocalipsis de la Biblia reptando a su antojo por las cumbres y los barrancos de Iruelas.
Guardaba en sus pupilas la furia y el rencor de una bestia herida, mientras Iruelas lo soportaba con el corazón sumiso, el rictus derrotado y la mirada rendida. Contemplando el valle con la superioridad en el gesto y en los ardiles. Con la mirada sin alma de los ojos del hurón. Esa mirada cruel y despiadada que no conoce clemencia ni misericordia.
Daba miedo.

Pero el miedo, como la boina, las alforjas y la faja, hay que saber llevarlo. La boina calada pero lo justo para que se mantenga erguida y tumbada sin «dalearse».
La faja apretada, que ajuste pero que no «ajarriete «. Y las alforjas colgaderas del hombro. Con la holgura precisa, que ni se traben ni arrastren ni estorben.
Igual el miedo. Cerré los ojos un instante. Apretando fuerte los párpados hasta sentir las lágrimas acariciar las mejillas. Como intentando cerrar la puerta de los sueños muy despacio y con sumo cuidado. Que así el terror no chirría y no cruje. Sin hacer ruido. Con la esperanza que sin dar portazo y sin echar la tranca por dentro pudiera engañar al destino .Y al asomarme a la gatera, despertar del sueño y volver a verlo igual. Como el recuerdo de los fotogramas del paisaje que guardaban mis pupilas.
Pero el monte se quemaba y estaba ardiendo desde dentro. Las llamas bullían de sus entrañas mientras en medio del crepitar de la vida que sucumbe ante Vulcano, se iba abriendo paso la oscuridad del silencio y la penumbra de la muerte.
Avanzaba sin pausa secando las ganas de vivir. Entraba rápido y sin tregua. Paraje por paraje. Destruyendo recuerdos. Apagando vidas y ahogando voces. Dejando que la sierra se fuera acostumbrando a morir sola.
A veces se entumecía apenas una fracción de segundo. Como las yemas de los dedos que sostienen la piel sin soltarla antes del pellizco. Jugaba con una crueldad extrema con la falsa esperanza de una tregua. Tan falsa como los remordimientos de conciencia del alma de una alimaña.
El miedo se había desvanecido. Se había transformado en impotencia, incredulidad y dolor. Un dolor limpio, desde el sentimiento y el corazón. Desde la honestidad. Un dolor profundo y punzante que desgarra y evoca recuerdos de cada rincón quemado. Matices de sabores de la churre de abrideras, regustos de orejones pernileros y almíbar de injertos de albérchigas tardías.
Pero el dolor se arrancia y se enmohece. Se torna percudido.Se mete debajo de la piel y se asienta en el duramen de la conciencia y traspasa el cambiun de la médula. Es un dolor que amarga. Un dolor que infecta. Envenena y contamina.
Y allí afuera, al otro lado del incendio, el mundo seguiría igual que siempre. Frío, áspero e injusto.
No se han quemado sólo nuestros montes. Han desaparecido recuerdos. Se han destruído los orígenes de nuestra propia historia en lugares y toponimias en los que cada piedra sabe tu nombre y cada trocha reconoce tus huellas e identifica tus pasos cuando te acercas y asume tu ausencia cuando te alejas.Donde cada manantial recuerda la caricia de tus labios y cada peña calla y cuida tus secretos .
Y así se queda tu vida cuando te roban los recuerdos. Con el corazón roto y el cuerpo revuelto .Con el alma herida y la mente agitada.
Abres los ojos y en cada parpadeo una tenue luz intenta colarse entre los pestañas.Por el umbral del recuerdo que guardan las pupilas con miedo a cruzar al otro lado.Como si dudara en rozar con sus caricias la herida que ya no debería doler .Pero sangra ,supura y duele .
Visitar los montes quemados es una constante disyuntiva .Librar una batalla constante. De una parte los paisajes y la realidad que yace bajo tus pies y se alza frente a tus ojos. Y de otra parte las imágenes del recuerdo que almacena la memoria .Y en cada senda que se cruza , ambos escenarios, como diría Jacinto Hererero son «como si un pájaro habitara en mis ojos .Tu vuelo y mi mirada van muy juntos»…..
Dos planos de realidades opuestas que caminan eternamente cogidos de la mano como la vida y la muerte pero no pueden mirarse a los ojos. Hipómenes y Atalanta .Los dos leones que tiran eternamente del carro de Cibeles ,la Diosa de la Tierra cuyas miradas jamás pueden cruzarse .
Todos los seres vivos tenenos un sitio y a veces nos acomodamos en el lugar equivocado .La Naturaleza nos ha puesto una vez más en nuestro sitio recordándonos Quién manda.Ha desarrollado su propio Plan de Ordenación de los Montes y no ha necesitado las firmas ni los visados de nadie para acreditar su validez y el mandamiento de ejecución.
A veces el bramido de la Madre Tierra nos reordena un poquito el ego y pese a la virulencia del fuergo ,nos baja los humos .
Ha sido una guerra del Hombre desafiando al Mundo y el Mundo respondiendo al hombre .Un conflicto bélico desigual que nos ha hecho replantearnos los sueños ,los recuerdos y los deseos en una lengua que nos daba miedo compartir en voz alta.

Ver ardiendo «El Pino La Bujera» ha sido contemplar con estoicismo ,impotencia y resignación cómo se quemaba el alma de Iruelas .
El enemigo seguía ganando la guerra y había derribado el estandarte .Me dejó con el cabello cano del susto y la impresión. Como aquellos que en Roma vieron los lobos por sorpresa «lupus est tibi visus».Mirándolo callado no sea que las cenizas pudieran confesar los pensamientos no pronunciados.
Fue una muerte a tracción y por la espalda. Como si el asesino fuera un ave de rapiña . Una cuchillada certera y precisa como la incisión del bisturí de neurocirugía. Una muerte con alevosía ,premeditada y clandestina. Absolutamente
discreta y silenciosa .Sin amenazas .Sin testigos .Añorando quizá la despedida que nunca tuvo y las palabras que nunca se dijeron .
Las llamas lo devoraban con la compasión de un majano y la humanidad de una seroja.
Pasaban una tras otra como en las páginas del álbum de casa, todas las fotos que tengo en la oquedad del tehil de ese pino emblemático de Iruelas.
Evocar aquella nutrida galería de imágenes y recuerdos y a la vez contemplar con impotencia y perplejidad cómo las llamas consumían el cuerpo inerte del árbol fue una bofetada de realidad y dicotomía .Mi cabeza no era capaz de juntar dos mundos que ya nunca podrán volver a tocarse.
He presenciado en primera persona las carreras de las reses hacia un final incierto .Levantadas de sus encames y seguidas por rehalas que laten en silencio y acosan más que los mejores punteros de podencos y muerden y agarran más fuerte y más hondo que los más feroces dogos y los alanos más obstinados.En esa montería forzada ,sin trabucos ni caracolas los bichos montunos han muerto calcinados, prisioneros de su propia libertad. La Naturaleza no conoce la piedad. Vela por la perpetuidad de la especie .Pero no derrama un ápice de compasión por cada individuo .
Y mientras ,a este lado ,de las puertas del infierno para adentro, el olor de la muerte infecta cada palmo ,de la puerta del infierno para afuera ,la vida sigue corriendo monte abajo absolutamente ajena a nuestros demonios y duelos .Y los días y los años seguirán cayendo encima con la misma discreción y el mismo silencio esquivo con que la escarcha acaricia la hierba .
La vida sigue su camino . En la vida hay personas que dejan huella en los caminos y caminos que se tragan las pisadas y los pasos y las agolpan para siempre en el desván del olvido.
Antes que esté,ha habido otros incendios en nuestras sierras .Muchos.
Es cierto que desde que se tiene constancia en datos escritos este ha batido récords y es hasta la fecha el mayor incendio de España con unas 38000ha quemadas en la provincia de Ávila y un total de 55000 sumando la Sierra Oeste de Madrid.
El primer gran incendio documentado en las Sierras de Yruelas del que se tiene constancia data de 16 de agosto de 1751.
Otro fechado en 1792 quemándose 4790 pinos .
El 16 de agosto de 1898 hay un incendio documentado con un total de superficie quemada que se estima en 650 ha y un total de tres días de duración.
El 26 de julio del año 1900 se registran dos fuegos simultáneos en los predios de Las Centinelas y varios rodales de la sección forestal primera y varios de la segunda.
En 1978 otro gran incendio destruye 1365 hectáreas de piornal en el Valle de Iruelas y otras 610 ha de pinar .
En 1980 arderían 900 hectáreas y en 1995 una tormenta seca repartió mas de 25 incendios en toda la provincia arrasando 1058 ha en iruelas.
Y en el 2019 el cachorro del dragón de Mema arrasaría 120 ha en el valle.
Tras cada azote de incendio ,Nuestras sierras han cosido sus heridas puntada a puntada y nudo a nudo como las mujeres tejedoras de redes a orillas del Alberche .Remendaron las heridas de sus vidas sin medallas ni reconocimientos.Sin menciones .Pero con certeza, dignidad y resiliencia.
Después del incendio los días no pasan .Se acumulan .Se amontonan porque el disgusto ,la pena y la rabia son como almendras en bocas con más años que dientes.Se añurgan y se quedan atoradas .Cuesta digerir .
Pero las desgracias atascadas en mitad del umbral de la puerta estorban .O entran o salen pero en mitad estorban.Hasta que sin querer se regurgitan.Como las egagrópilas de los halcones que hasta que no la escupen no vuelven a volar.
La huella que deja un incendio tras su paso es indescriptible. Se descubren secretos que parecían ocultos por toda la eternidad . Reaparecen y se rescatan vestigios del pasado. Pizcas de historia que de otra forma habríamos gastado hasta la última gota de nuestras vidas y seguirían pasando desapercibidas.
Pero el incendio también ha rescatado del pozo del anonimato patrullas de bomberos frustrados, policías de balcón, ingenieros forestales de barra de bar y expertos en atar escobas para barrer en lanchas que ya están barridas.
Las Redes Sociales pueden ser muy osadas y extremadamente peligrosas.
Poseen a veces un poder de convocatoria y contagio brutales.
Imaginad una catástrofe en la terraza de un bar .Con los heridos hacinados en las aceras y los moribundos clamando auxilio en las calles .
Y aflora la buena fe y la buena intención y el afán de ayudar .
El albañil que estaba tomando su cervecita se ofrece a encofrar las piernas rotas .Enfosca los brazos quebrados y llena de hormigón los huecos de las costillas astilladas.
El alfarero que tomaba el aperitivo se ofrece en arrebato lleno de humanidad y empatía a restaurar con arcilla los ojos de todos aquellos que han quedado tuertos.
El leñador que tomaba su bocata desenfunda el espadín de su Husqvarna más potente y termina de amputar cuantos miembros han quedado a punto de desprenderse del todo .
Y el cerrajero que tomaba su refresco suelda con la autógena los traumatismos craneoencefálicos .
Todo sea por colaborar y ayudar .
Y el notario que justo terminaba su almuerzo da fe de la empatia a raudales y de la ausencia de dolo.Y el deseo irrefrenable de ayudar queda registrado igualmente en las actas .En las actas y en los actos .
Cuando llegan los servicios sanitarios ,las siguientes llamadas son a las funerarias y en lugar de partes de lesiones se firman partes de defunción.
Eso ha estado pasando en los montes tras los incendios .
Las gentes cualificadas calladitas para no ofender a los Maestros Liendres porque oponerse a la buena fe carente de dolo y de logica supone intransigencia e insensibilidad inaudita e inasumible ante la buena intención.
No hemos aprendido nada .
Nada .
Pero las opiniones son como los culos. Todos tenemos uno.Y siempre es el propio el más limpio y el que mejor huele.
Qué paradoja la vida .Quién iba a imaginar cuando bautizamos esta sección que un día no tan lejano el título sería a su vez la temática descrita.
Que nunca jamás tenga que volver a coincidir.
Los Hollines de las Llares.
De ser cierto que en los últimos momentos de la existencia ,justo en el salto del tránsito vemos pasar toda nuestra vida, sin duda volveré a ver mis paisajes. Desde el «asomaero» del frontón del Arremoro y el Majadal de La Raíz hasta la Cuerda del Toro . Bebiendo un trago de agua en un testarro de resina en la fuente de Venero Pino .
Y volveré a tumbarme la siesta tras el almuerzo junto al Risco Peñarcón . Merendar recostado contra el Risco
Peñaltar .El senex de todos los barrancos y sierras de iruelas.Un alma vieja que el monte reconoce ,reverencia y venera. El Olimpo que hasta el incendio respeta …..
Y desde esa peña con peso específico y galones de mando en la Sierra ,quiero escribir mi testamentaria. Con todas las criaturas del campo como bienes semovientes y los paisajes de Toda Nuestra Sierra restablecidos y blindados como relictos .
El hombre está en deuda con la tierra .
Es hora de empezar a pagar.
Nos lo debemos.

 

Descargar en PDF el artículo del Diario de Ávila.

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