CATEGORÍA INFANTIL



Relato ganador: Laura Almarza Caballero
Rosita, su madre y un amigo se habían mudado al pueblo hacía menos de cuatro horas y ya se habían instalado en la casa de su abuelo, pero… ¿quién es ese amigo con el que habían viajado? Exacto, su perro Tom.
Tom era el perro de Rosita, cariñoso, juguetón y peludo. Básicamente Rosita y él habían crecido juntos, y cuando no estaban cerca el uno del otro, ninguno quería hacer nada, ese era el principal motivo de que Rosita nunca hubiera ido al colegio, ya que Tom no podía acompañarla. Su madre estaba algo descontenta con este tema, ya que no aceptaba que Rosita con sus nueve años de edad nunca hubiera tocado un libro.
Lo cierto es que ahora se encontraban los cuatro en el salón de la pequeña casita; Tom, Rosita, su madre y el abuelo merendaban tranquilamente compartiendo anécdotas, pero cómo no, aquella paz aquella paz no podría seguir existiendo por más tiempo; en cuanto el abuelo nombró algo relacionado con la escuela todo se fastidió. La madre intercambió una dura mirada con su padre, y Rosita se avergonzó. Cuando el abuelo supo que su nieta nunca había ido a la escuela, y que todo era culpa del perro; no dudó ni un instante y la ira inundó su cuerpo, comenzó a insultar a Tom, enseguida Rosita salió corriendo de la sala por Tom.
Corrieron y corrieron, Tom siguió a Rosita montaña arriba y cuando llegaron a la cima, se sentó junto a ella. Y allí permanecieron durante bastante tiempo llorando abrazados.
Segundo clasificado: Laura Guillén Iglesias
Siguió a Rosita montaña arriba y cuando llegaron a la cima, se sentó junto a ella.
Poco después Rosita y ella fueron a un río que vieron a lo lejos. Cuando llegaron bebieron un poco de agua, porque después de haber subido la montaña tenían sed. Rosita tenía mucha hambre y le dijo a la otra chica (que se llamaba Flor) si tenía algo de comer.
Flor la contestó: “no tengo nada de comer”. Y de repente Rosita metió la mano en el agua y sacó un pez. Flor se quedó sorprendida y le preguntó: ¿en serio te vas a comer eso? Y Rosita la dijo que si, pero no en ese momento. Flor se dio cuenta de que se estaba haciendo de noche. Rosita le dijo que el cielo ya estaba muy oscuro, que era arriesgado volver, que ella iba a hacer noche allí. Flor dijo que ella no iba a volver sola y que mejor hacía noche con ella.
Por suerte a unos pocos metros del río había una cabaña, así que decidieron quedarse en la cabaña.
A la mañana siguiente Flor se despertó con muchísima hambre. Pero… ¡Rosita había cocinado las sardinas que había cogido la noche anterior! Flor no se explicaba como Rosita había cocinado las sardinas, ero igualmente se las comió.
Decidieron que antes de volver al campamento iban a darse un baño en el río. Ya llevaban una hora en el río, cuando de repente escucharon como si algo se estuviese acercando, y sin pensárselo dos veces salieron del agua. Vieron que había algo moviéndose detrás de los arbustos… ¡Pero era un conejito! Cuando llegaron al campamento se lo contaron a todos sus compañeros.
Tercer clasificado: Lucía Almarza Caballero
Siguió a Rosita montaña arriba, y cuando llegaron a la cima, se sentó junto a ella, pero de pronto vieron un lugar nuevo y era Navaluenga y decidieron seguir, y llegaron. Se fueron al parque de las Eras y vieron a una ardilla y la siguieron para hacerle una foto y luego pasaron por el puente de piedras y se fueron al río y se bañaron mucho y nadaron, y fueron a todos los sitios que podían, se metieron en una catarata, luego se fueron a los hinchables y se montaron en todos, luego fueron al cine y vieron la película que más les gustaba y se fueron a su casa. Adiós.
CATEGORÍA ADULTO



Relato ganador: Fernando Sañudo Hernández
Poco después de preguntarle sobre lo que hacían aquellos muchachos en su casa, comencé a asistir a sus clases. Acababa de fallecer mi madre; ahora, yo también, me había convertido en huérfano a tiempo completo, como el resto de asistentes. Cualquier cosa mejor que perderme en páginas o discusiones virales o cotilleos que nada me aportarían. Y de allí extraje estas líneas que son como mi cuaderno de bitácora. El resto de la cicatriz fue cerrándose con el verano, el pueblo, los amigos. Aún así, cada día existía un momento para acordarme de ella: una frase que escapaba de alguien a mi espalda, un olor al tender ropa en la cuerda, un gesto robado a alguno de mis hijos. La asistencia a las clases de lectura en voz alta me dieron la puntilla, pues las poesías de Góngora, Quevedo, Garcilaso… atesorados en mi alma juvenil ahora se proyectaban en la figura de ella, mi madre, adquiriendo sentido en momentos puntuales compartidos.
Y se operó la vuelta a la vida. Después de tantos meses sin tiempo para el qué, un porqué, ni siquiera un dónde o un cuándo, las palabras fluían en mi boca, en las de aquellos chicos que como yo habían sufrido el quebranto de la pérdida, adquiriendo formas, recuerdos, incluso personificaciones de una vida que debía proseguir. Aprendí a hablar en público, aprendí a vivir entre los demás.
Conseguí expresarme y ser vehículo transmisor de sentimientos a través de las palabras de otros; después, de las mías que eran y serán las mías y las de ella.
Segundo clasificado: Olga Buisiguín Saiseva
Poco después de preguntarle sobre lo que hacían aquellos muchachos en su casa, comencé a asistir a sus clases.
Había algo hipnótico en la forma que movían el cincel mientras grababan, a golpe de martillo, el destino final de aquellos jóvenes.
Conmovida por mi propio dolor, poco después de preguntarle sobre lo que hacían aquellos muchachos en su casa, comencé a asistir a sus clases. Pasó un tiempo hasta que descubrí que en cada golpe que daba, había un reflejo de mis propias heridas.
Aquellas jóvenes y yo, estoy segura, compartiríamos el mismo destino. Piedra y metal nos acompañarían en vida y muerte. Aun así, aquellos muchachos, con sus manos fuertes, golpes certeros y ruidos brutales me transmitían una paz que creí inalcanzable.
Encontré tanta ternura en sus golpes que llegué a pensar que era cierto, que incluso los que yo recibía eran por amor.
En mis clases aprendí lo que ya conocía en casa, el hierro golpea hasta que la piedra cede. El último día de clase, sentía un orgullo y ligereza que rozaban la locura. Estoy segura de que ellos se dieron cuenta. Cuanta sofisticación encontré mientras golpeaba mi cincel letra tras letra. Tac-tac-tac, suspiro, tac-tac-tac.
Después pasaba mi mano para sentir el relieve, limpiar la superficie y seguir grabando en su pecho con toda la ternura que sentía:
Con amor, Ana
Tercer clasificado Cristina Pérez del Agua
EL ASCENSO
Poco después de preguntarle sobre lo que hacían esos muchachos en su casa, comencé a asistir a sus clases.
Nunca me respondió. Ahora no paro de ascender. ¡Maldita la hora!
Aquel verano la soledad espesaba en el aire hasta chocar contra el techo, así que empecé a cotillear por la única ventana al mundo que tenían mis cuatro paredes.
Mi mundo de “Titanlux” era un pequeño patio de pocas luces con vistas al saloncito de mi vecino; un anciano canoso y ágil a partes iguales. Parecía tan viejo y resultaba tan atlético que era imposible determinar su edad.
¿Cómo iba yo a imaginar que aquel asunto me traería tanto trajín cuando vi el anuncio de sus clases en el portal?
Me relamí al leer que apuntándome se me presentaba la ocasión para averiguar lo que aquel anciano hacía practicando extrañas poses rodeado de un grupo que le seguía atentamente.
El tipo es un profesional. Le avalan incontables años de experiencia. Los comienzos fueron duros: ejercicios imposibles, resistencia física, teoría hasta el agotamiento mental… Pero poco a poco le cogí el truco. Casi sin pensarlo llegó el diploma.
Lo que no me podía imaginar es que llegaba acompañado de una oferta de trabajo obligatoria: “Ángel de la Guarda Titular”.
Ahora no paro de ascender.
¡Maldita la hora!